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Las pseudociencias llevan décadas incrustándose progresiva y sinuosamente en la vida privada de la población hasta el punto de conseguir hacer creer a mucha gente que pueden ser herramientas útiles para sus vidas diarias. La Gestalt, las constelaciones familiares, el Psicoanálisis, la Homeopatía, el MMS, el Reiki, la Iridología o el Eneagrama venden bienestar, salud, curas, capacidades descriptivas de la personalidad y autoconocimiento sin el más mínimo atisbo de evidencia científica que pruebe su efectividad contra las enfermedades o males físicos y/o psicológicos que dicen tratar con éxito.
Cuando a las personas que viven de estos fraudes científicos se les emplaza a que participen del juego metodológico y epistemológico, publicando sus experiencias y sistematicen sus prácticas para que se pueda arrojar luz sobre su posible efectividad, sin apenas excepciones, su respuesta es, casi siempre,
la misma: mi técnica es eficaz porque lo digo yo y punto.

Y es que la charlatanería podría ser puesta a prueba de manera muy sencilla, esto es, sometiendo sus técnicas y artilugios a prueba científica y evaluar los resultados. Pero en la inmensa mayoría de casos documentados, se niegan. Un caso reciente es el de Josep Pamíes, un agricultor leridano que, con la consigna “Dulce Revolución” consiguió convencer a miles de personas de que tenía la cura contra diagnósticos como el cáncer o el autismo mediante el consumo de Stevia o MMS, respectivamente, hasta el punto de que la Sociedad Española de Oncología Médica le haya acusado de “mercadear con la desesperación de la gente”.

Pamíes siempre se ha negado a participar de la ciencia en términos metodológicos y estadísticos para constatar o desmentir si sus técnicas y ungüentos funcionan como él asegura. Al menos que se sepa. Y así con una innumerable cantidad de personas u organizaciones que venden todo tipo de recetas milagrosas, pero se niegan a demostrar y certificar que así sea. También está la historia que nos cuenta Fernando Cervera en su magnífico libro “El arte de vender mierda”, una historia real donde los protagonistas se hacen pasar por pseudocientíficos, consiguen colarse en una feria esotérica y
alternativa de Madrid y logran convencer a quienes se acercan a ellos de que su producto, consistente en heces sólidas tratadas con imanes y diluidos homeopáticamente puede curar. Fecomagnetismo lo llamaron.
No obstante, hay excepciones.
James Randi, conocido cazador de fraudes pseudocientificos, quien llegó a afirmar que El Mago de Oz es más creíble y divertido que La Biblia, ha protagonizado grandes momentos bizarros en lo que a destapar mitos se refiere. En uno de ellos decidió poner a prueba las habilidades sobrenaturales que se atribuyen los conocidos Zahories. Los zahories son personas que aseguran ser capaces de detectar la presencia de agua subterránea. Caminan por el campo con un palito en forma de Y. Aseguran que cuando se está pasando por encima de una bolsa de agua subterránea, el palo reacciona comportándose de una forma determinada, y los zahoríes lo detectan. Ese sería, presuntamente, el indicador inequívoco de que allí abajo hay agua a cascoporro.

Nadie jamás ha sido capaz de demostrar, desde un punto de vista científico, que los zahoríes sean capaces de semejante hazaña. Más al contrario, todo ha indicado siempre que, para quienes creen en su habilidad, las escasas ocasiones en que aciertan son más que suficientes para confiar en las capacidades que ellos mismos se auto atribuyen. Por ello, el hecho de que, en el siglo XXI, sin prueba alguna de su eficacia, sigua habiendo gente convencida de que son capaces de encontrar agua en el subsuelo interpretando el comportamiento de un palito, es cuando menos, llamativo. De hecho, aún
hay quienes contratan sus servicios a la hora de hacer pozos.
Pues bien, para demostrar si estos hombres eran verdaderamente capaces de detectar agua subterránea o no, Randi decidió poner a prueba a un grupo de zahories australianos en su hábitat de trabajo: el campo. Diseñó un experimento para el que mandó construir un sistema de canalización bajo tierra con diez tubos por donde discurriría el agua mediante un sistema de bombeo. En cada ensayo el agua iría por uno de los tubos y los zahories tendrían que adivinar, con sus utensilios de trabajo habitual (un palito), por qué tubo discurría en ese instante el agua. Los resultados fueron claros. La proporción de aciertos fue del 10%, un porcentaje atribuible al azar.

Si yo, profesor de secundaria, que nada sé sobre aguas subterráneas, hubiera participado en ese experimento y me hubiera sometido a esta prueba habría señalado los tubos completamente al azar y la proporción de aciertos habría sido también de en torno al 10%. Esto, inequívocamente, significa que estas personas no poseían habilidades que les permitieran detectar agua subterránea, por más ilusión que a ellos les hiciera, sino que, más bien, señalaban una tubería u otra en cada ensayo atendiendo únicamente a su creencia de estar percibiendo el paso de agua, o lo que es lo mismo, al azar. Al menos accedieron a participar en el experimento, lo cual sugiere que creían, en el sentido honesto de la palabra “creer”, en sus propias capacidades.
Este es un ejemplo de intento de refutar o constatar creencias populares que se mantienen en el tiempo y que se resisten a desaparecer a pesar de no existir la más mínima evidencia científica de ser ciertas.
En este caso, además, existe la circunstancia de que, al final del experimento, cuando ya había quedado patente que los zahoríes (al menos los del experimento) no tenían unas capacidades específicas para detectar agua subterránea, el señor Randi les pregunto cuántos de ellos, a pesar de todo, seguían confiando en su habilidad para detectar agua, a lo que todos respondieron levantando la mano.
Este último hecho constata algo mucho más preocupante, y es que destruir un bulo es más difícil que crearlo.

Como digo, me dedico a la educación y mi trabajo me exige formarme.
Recientemente he asistido a unas Jornadas Formativas dirigidas a docentes de centros educativos públicos. Esta es una formación que se ofrece desde la Consejería de Educación a los nuevos coordinadores de Bienestar Emocional para que afronten las situaciones de salud mental que se den sus centros y sepan articular una respuesta socioeducativa a los casos de ansiedad, depresión, conductas auto líticas, intentos e ideaciones suicidas, etc.
Una de las ponentes resulta ser experta en Psicoterapia Gestalt y Constelaciones Familiares. Estas “disciplinas”, que jamás han probado la eficacia de sus métodos y herramientas terapéuticas, han venido a quedarse en el campo de las terapias psicológicas de la misma forma que lo hizo la homeopatía desde dentro de la medicina y atención primaria en nuestra sanidad píblica. Las constelaciones familiares vienen a plantear que nuestras pautas de comportamiento afectivo y emocional quedan memorizadas de manera inconsciente en nuestras experiencias familiares, condicionando nuestra vida diaria o incluso repitiendo patrones. La resonancia mórfica y el
misticismo cuántico son dos de sus conceptos pseudocientíficos. Pues bien, esta señora intentó, con más o menos éxito, convencer a una audiencia, mayoritariamente atónita, de poco menos de 100 personas, docentes de secundaria y primaria, equipos directivos, personal de orientación edcucativa,
etc., de que las decisiones que tomamos en nuestra vida diaria tienen que ver con nuestras experiencias más tempranas y de cómo interiorizamos los comportamientos que observamos en nuestros progenitores y los contextos más íntimos y familiares. Para hacerlo sacaba a personas voluntarias al
escenario, como si de un show evangélico se tratara, eso sí, mucho más cutre y mediocre. Como digo la audiencia estaba repleta de personas que conocen al dedillo la problemática de los centros educativos andaluces y saben, como lo sé yo, que lo que ocurre en los centros educativos depende, casi en exclusiva, de los recursos económicos y humanos que dispensen las administraciones públicas. Ni más ni menos. El espectáculo fue horrible, no solo por la sensación de que alguien pagado con dinero público nos estuviera tratando de convencer de una milonga que no había por dónde cogerla, si no por lo fácil que es para las administraciones públicas metértela doblá.
La educación pública, al igual que la sanidad, se la están cargando pasito a pasito. En palabras de Noam Chomsky, “…el sendero hacia la destrucción de los servicios públicos comienza dejando de financiarlos para que su funcionamiento sea deficitario. Así estará más que justificada su privatización…”