En el superpoblado elenco de artistas que han enriquecido (no todos ni todas) la Literatura y entre quienes se me vienen a la cabeza, así a vuelapluma: Emily Brontë, Dostoievski, Virginia Wolf, Tolstói, Mary Shelly, Kafka, Gabriela Mistral, Rulfo, Alejandra Pizarnik, Faulkner… hay dos grandes que para mí sobresalen no solo por su notable obra literaria, sino también por su personalidad: Vicente Aleixandre y Juan Carlos Onetti.
Los dos tomaron una decisión que hoy sería tomada como síntoma inequívoco de uno de esos trastornos modernos que tanto pululan por los discursos públicos, sean diletantes o especializados: la sociopatía. Ambos se autoexilaron en sus domicilios, en el caso de Onetti, en un exceso de sabiduría sobre el mundo que se nos venía encima, autoexiliado en su cama. Vivía en pijama.
Sin embargo, ninguno de los dos se abandonó. Al menos no se abandonaron en aquello, lo único, que les interesaba de cuantas cualidades han desarrollado y perfeccionado la especie humana, la escritura.
A Velintonia, la residencia durante los últimos cuarenta años de la vida de Vicente Aleixandre, desde donde recibió la noticia de que le habían concedido el Premio Nobel de Literatura en 1977, acudía, aparte de algunos de sus compañeros de generación, la florescencia poética que surgió a partir de la posguerra española: Carlos Edmundo D’Ory, Ángel González, José Ángel Valente, Carlos Busoño, Vicente Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Hierro… La florinata de la poesía española desde mediados hasta el último tercio del siglo XX. Maestros todos, que tenían por profesor al merecidísimo Premio Nobel de Literatura, cuando sobre este premio no recaía ninguna sospecha, y que fueron, a su vez, maestros de la poesía en lengua española desde 1945 en adelante. En esa casa que ocupaba los números 3 y 5 de la calle, entonces Velintolia, hoy renombrada como calle Vicente Aleixandre, no entraba el aire putrefacto de un país que encontraba motivos de desconfianza en sus artistas, sino que se celebraban interminables tertulias sobre Arte, sobre concepción poética, recitales, lecturas de los clásicos admirados. Y lo que ocurría más allá de los muros de la vivienda no sé atrevía a entrar por ¿miedo? ¿rechazo? No encuentro una respuesta. Pero el maestro, el profesor, se convirtió en guía generacional de varias generaciones de poetas españoles que hoy se estudian en los libros de Literatura española y extranjera.

Juan Carlos Onetti murió en 1985, un año después que Vicente Aleixandre, después de haber recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Cervantes, aunque no llegó a recibir el Premio Nobel de Literatura para el que también fue nominado, en su apartamento en la octava planta de un impersonal edificio cuya terraza daba a la Avenida de América de Madrid. Después de exiliarse a España tras el golpe de Estado que dio lugar a la dictadura uruguaya, decidió no volver a pisar la calle. Su nihilismo, alentado por las vicisitudes políticas de su país y la deriva autoritaria de su continente, “lo confinaron” con gusto en su modesta vivienda junto a su esposa. Máximo exponente como fue de la novela moderna y la novela existencialista en lengua castellana, nunca rehusó recibir a los nuevos narradores españoles e hispanoamericanos que tanto lo admiraban: Roberto Bolaños, Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas, Rosa Montero, Félix Grande, Mercedes Rein, Almudena Grandes… (casi nada). Les ayudó a mejorar sus textos entre cigarro y cigarro y entre güiscazo y güiscazo, pero siempre desprovisto de la actitud con la que se relamen los guías culturales y espirituales de pacotilla. Les recomendaba escribir lo que quisieran, que no pensaran en quienes iban a leer o comprar sus obras y mucho menos en las editoriales, a pesar de que todos “sus pupilos” y todas “sus pupilas” obtuvieron un notable éxito de difusión y de admiración por parte de sus lectores y lectoras.

Una vez alguien me dijo con un discurso que aspiraba a ser irrevocable que el Premio Nobel a Vicente Aleixandre era en realidad un reconocimiento colectivo a una de las pocas figuras vivas y que no había sufrido persecución política de la generación del 27. Y es verdad que en su discurso en Estocolmo, lo verbalizó, con esa infinita humildad que solo tienen los más grandes, en esos términos. Pero no. Vicente Aleixandre no habría necesitado de ninguna generación para ser considerado uno de los más grandes poetas de la Humanidad y, por lo tanto, merecedor de cualquier reconocimiento.
Otra vez, el gran Antonio Muñoz Molina me confesó entre vinito y vinito, aunque el maestro de Úbeda dejó el alcohol hace mucho, que cuando la esposa de Juan Carlos Onetti, Dorotea Murh, lo llamó para anunciarle que su marido quería que lo visitara en su departamento, como lo habría llamado él, para charlar sobre Literatura con la única condición de que no le hiciera preguntas, se sintió como Moisés al escuchar la voz de Yahveh en el monte Sinaí (ahora mismo no sé si esta analogía es mía o de Muñoz Molina). Y que en cuanto se puso frente a él, sentado en un silloncito de brazos incómodos, frente a su cama y le pidió que le diera fuego para encender un cigarro, a pesar de que en su mesa de noche había encendedor, cerillos y cenicero, supo que todo lo que tenía que aprender sobre el oficio de escribir lo iba a aprender en aquel encuentro.
Me acordé de aquello que decía la contraportada de la carátula del maravilloso Cositas mías de Paco de Lucía: “Con el tiempo he aprendido que los genios siempre se sientan detrás”.
Aleixandre y Onetti, dos seres adorables que podrían haber vivido sin editoriales, sin aparatos electrónicos, sin internet, sin redes sociales, sin palmeros, sin apropiaciones indebidas por parte de quienes no debían apropiárselos, porque dos como ellos nunca se dejaron alistar en ningún papel que no fuera el papel en el que se escribe la Literatura.

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