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El instinto gregario de las especies animales ha sido el responsable de que, a lo largo de la historia biológica del planeta en el que vivimos, cada raza animal se haya amparado en el grupo, en el rebaño, en la bandada, en la ralea, en la reata, en la manada ―ese término tan hermoso desde el punto de vista científico y que se ha animalizado tanto, desde el punto de vista metafórico, por culpa de una panda de humanos indeseables― con el fin de protegerse de sus depredadores y de tener cerca a sus iguales.

Ese instinto era eso: instinto. Llamemóslo intuición. Un impulso natural en el que no intervenía ni el raciocinio ―ya que la mayoría de especies animales carecen de esa facultad― ni la necesidad de un guía espiritual, por mucho que en cualquier grupo animal exista lo que se conoce como macho alfa o hembra reina. Incluso para esos machos y esas reinas el instinto de conservación es el primer “mandamiento” de su especie. Es decir, la supervivencia. Y, por lo tanto, el cumplimiento incontrovertible de las leyes biogenéticas: no permitir el acceso de los depredadores a su grupo y mantenerse lo más lejos posible de estos.

Es un hecho irrefutable que cada ser vivo tiene su depredador. Y si en biología esta tesitura puede considerarse como parte del equilibrio natural o, lo que es lo mismo, como una condición necesaria y positiva para la supervivencia de La Tierra, en las ciencias humanas, la existencia de perseguidores de presas entre los de su misma condición genética supone la voluntad de unos individuos de dominar -en el mejor de los casos- o exterminar a sus congéneres. La antropología ha denominado esta actitud como tiranía.

El 80% de los países del mundo y casi el 100% de los países desarrollados han denostado la tiranía como modelo de gestión de las interactuaciones humanas y de la relación entre quien o quienes ejerce o ejercen el poder y sobre quienes recae ese poder. De tal manera que esa tensión entre quien o quienes ostentan la autoridad y quienes la padecen -y digo bien: quienes la padecen- se ha considerado como una suerte de sometimiento, de opresión y no como una circunstancia azarosa del destino sin solución.

Es por todo ello, por lo que las liebres se suelen guardar de los galgos, los ñúes de los cocodrilos, las gacelas de los linces y los ratones de los gatos. Sin embargo, a la raza humana parece atraerle la cercanía, incluso el liderazgo de sus depredadores, humanos como ellos, pero con una idea de sí mismos -o de sí mismas, porque no creo que sea una cuestión de géneros, por más que los más reconocibles opresores hayan tenido pene- que consiste en creer que les asiste por nacimiento la misión de dirigir -manipular en pos de sus propios intereses- a las masas irreflexivas.

Quizás no sean irreflexivas, quizás no sepan que están siendo guiadas a la madriguera donde servirán de alimento a los gatos que les han convencido de que, a pesar de ser ratones, no tienen intención de devorarlos, sino más bien de proporcionarles ratoneras, lagartijas en abundancia para alimentarse y hacerles creer que sus verdaderos enemigos son los perros y no ellos, los felinos, que no comen ratones, puesto que esa idea es una mentira, una manipulación, un invento para que no se fien de su bigotes y sus orejas tiesas, a pesar de que varios milenios de evolución biológica y la experiencia sensible de cualquier ratón que se acerca al final de su vida puedan demostrarle lo contrario.

Llegará el día en que los ratones descubran que no faltaban gatos, sino que lo que necesitaban era tener la conciencia de que eran ratones y de que no ronronean ni sacan las garras para eliminar de su selecto grupo felino a quienes comían queso -mucho más barato- que pescado -que se está poniendo a un precio que ni los humanos pueden pagar-.

En definitiva, llegará el día en que los ratones descubran que son ratones y que la reconciliación con los gatos no es posible sencillamente porque los mininos no pueden evitar verlos como un suculento manjar.